
En la antigüedad la traslación de los astros en su aparente rodar de Oriente a Occidente constituyó un reloj rudimentario, reloj inmenso que ni atrasa ni adelanta. Pero este reloj necesitaba de algún mecanismo tangible que permitiera diferenciar los instantes con alguna precisión en la sucesión rítmica de los fenómenos naturales. Y fue este mecanismo el gnomon, varilla clavada verticalmente en el suelo que arrojaba sobre éste una línea de sombra al darle el sol; a medida que el astro efectuaba su recorrido en la bóveda celeste, la sombra de la varilla iba modificando su longitud y situación.
Este aparato tan primitivo fue empleado por los Babilonios, los Chinos, los Egipcios y los Peruanos. El gran obelisco de la plaza de la Concordia en París, el de San Pedro en Roma y el del Hipódromo de Constantinopla, no son más que antiguos Gnomon.
Uno de los más populares relojes solares portátil fue el denominado díptico o de faltriquera. Consistía en dos pequeñas tablas unidas por una bisagra. Tenían el tamaño adecuado para poder ser llevados en el bolsillo. El gnomon era una cuerda que unía las dos tablas, al abrirlo y tensar la cuerda las dos caras formaban sendos relojes solares (horizontal y vertical). Los mejores estaban fabricados en marfil incrustados con hermosos dibujos lacados. Las cuerdas solían ser de seda trenzada, lino o cáñamo.
Algunos de estos dípticos fueron usados en navegación.
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